
Un concierto de variedades. Espectacular, en un amplio recinto. Así abre la Bienal 2026. Por la puerta grande. Es una propuesta típica de una época que reivindica una y otra vez su propia originalidad pero que vive de la nostalgia de tiempos pasados, que no son los suyos. La época de las “nuevas versiones” o de las adaptaciones. El espectáculo se concibe como una “revisitación”, sea esto lo que sea, al flamenco de “hace 100 años”. Y, así, se evocan los nombres de Pepe Marchena, Manuel Vallejo, Pastora Pavón y otros. Es decir, a algunas de las formas de entender el flamenco de hace 100 años, que, como el de hoy, tenía muchas estéticas distintas. No obstante, se presenta en forma de “gala”. Es más, de “gala de apertura” de la Bienal. Un concepto acuñado en su momento por Ortiz Nuevo que consiste en hacer desfilar por el escenario a algunos de los artistas más eminentes de los que tendrán su momento de lucimiento particular en forma de espectáculo propio más adelante. Así, la cosa se abrió con una batalla de saxos. Entiendo que la batalla de saxos es una emulación de las que tenían el cubano El Negro Aquilino, pionero de los vientos flamencos, y el jiennense Fernando Vilches. También hay un guiño a la generación poética del 27, algunos de cuyos miembros se mostraron especialmente sensibles al hecho jondo. Aunque casi siempre desde una perspectiva condescendiente. No faltó el eco de Morente, puesto que él fue el primero en adaptar algunos de los textos que escuchamos esta noche. El guiño a Marchena y a Manuel Vallejo vino de la mano de de la colombiana y de la rumba Catalina que bailó el Ballet Flamenco de Andalucía al completo, uno de los momentos más deliciosos de la noche. También granaínas. La Tremendita cantó por peteneras con la guitarra enjundiosa de Manolo Franco, alternando melodías y letras clásicas con otras de propia creación. Martirio evocó a las cupletistas con uno de sus boleros por bulerías. Arcángel hizo vidalita y guajira, estilos americanos (la petenera también lo es, y el fandango, seguramente).
Y luego dos cantaores imprescindibles del flamenco de finales del siglo XX y comienzos del XXI: la soleá de José de la Tomasa, en un guiño al flamenco de la Alameda de Hércules sevillana, y la seguiriya de José Mercé, en referencia al cante jerezano. Lo cierto es que los catálogos discográficos de la época evidencian que, pese a lo que se ha dicho y se sigue diciendo, soleares y seguiriyas eran estilos bien populares hace 100 años. La cosa acabó por fandangos. Faltaron muchas cosas, claro, porque el flamenco de hace 100 años, como el de hoy, era inabarcable. Pero si algo eché de menos fue a Antonia Mercé, la creadora del Ballet Flamenco, aún con la presencia en escena del Ballet Flamenco de Andalucía que, por cierto, no volverá a comparecer en esta Bienal. De hecho, lo más antiguo de lo que vimos me parece más vivo, más moderno, que lo moderno. Ya que lo que se pretendía era eso, darle un rebozado de contemporaneidad al repertorio de los años 20. Y, como siempre ocurre en estos casos, de Mozart a Superman, lo supuestamente moderno es lo más casposo. O, al menos, así me lo pareció. Con todo, el espectáculo fue sobrio y solvente, como decíamos hace un rato. Un sabroso aperitivo de lo que vendrá.
‘El mundo por montera’. XXIV Bienal de Flamenco. Gala de Inauguración. Cante: José el de la Tomasa, José Mercé, Martirio, Arcángel, La Tremendita, Ángeles Toledano, El Perrete, Manuel de la Tomasa. Baile: Ballet Flamenco de Andalucía con Patricia Guerrero. Guitarra: Manolo Franco, Alfredo Lagos, David de Arahal. Saxofones: Juan Jiménez, Alfonso Padilla. Percusión: Daniel Suárez. Palmas: El Oruco, Abel Harana. Dirección artística y guion: Andrés Marín, Luis Ybarra. Lugar: Plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería. Fecha: Jueves, 10 de septiembre. Aforo: Lleno.
Imagen: Archivo de la Bienal de Flamenco/Laura León.