
José Mercé es ya un tótem de lo jondo. Es un ídolo flamenco, además de ser un músico destacado con una voz deliciosa, plena de colorido, de armónicos, que, sorprendentemente, se mantiene intacta con los años. Si acaso, ha ganado solera.
Ciertamente, el arte de Mercé es muy físico y los años pasan para todos. Pero está en buena forma el de Jerez. Que se acompañó, además, de tres guitarras jóvenes, el sevillano David de Arahal, sutil e inteligente, el almeriense José del Tomate, frescura y compás y el chipionero Manuel Cerpa, que es el escudero habitual de Mercé en los últimos tiempos. Cantó Mercé con ganas, con fuerza, sin renunciar a la parte más exigente de su repertorio, del repertorio jondo, tanto por lo físico como por lo emocional.
De hecho, fue un recital íntimo. En la intimidad escanció, a las primeras de cambio, la malagueña de Enrique el Mellizo dando cuenta de cada uno de los complicados melismas de este estilo, con su granaína de inicio, a la manera de Aurelio Sellés. En la soleá mostró equilibrio y entrega entre los cantes de Alcalá y Cádiz, como el de Paquirri que daba nombre al recital. La seguiriya fue uno de los números más emotivos de la noche, como siempre, levantando un par de veces ovaciones entre el público con esas formas cortas jerezanas hirientes. Por fandangos se acordó, como no podía ser menos, de la letra del Carbonerillo para reivindicarse, una vez, más: “mientras me quede una pluma, no dejaré de volar”. Mostró su dominio rítmico y su complicidad con el público en los estilos festeros: alegrías sentimentales, bulerías de su tierra, etc. Con todo, la belleza tímbrica de su voz, que permanece intacta, fresca, brillante, plena de colorido, sigue siendo su principal baza artística.
Un recital de cante clásico. Sí, se puede. Se puede llenar el Teatro de la Maestranza con un recital de un cante clásico. A cargo de una primera figura de este arte. Sin pilas alcalinas y sin aire. Solo cante flamenco de tradición. Ese repertorio configurado a finales del siglo XIX y principios del XX. Ese que está en el ADN de José Mercé. Que canta desde que era un niño. Con el que se siente cómodo, en casa. Ni siquiera en el bis echó mano de un estribillo conocido, esos que lo convirtieron en una figura popular en toda España. Sin apoyarse a nivel vocal en el grupo. Todo por derecho. Desde la toná de inicio hasta los fandangos finales. Con el apoyo, eso sí, de tres jóvenes y magníficos guitarristas. Cerpa le acompañó, brillantemente, en la malagueña y el cante jerezanísimo de la bulería por soleá, que tanto virtuosismo rítmico requiere. Cerpa demostró porque en los últimos tiempos es el hombre de confianza sobre el escenario de Mercé. Virtudes no le faltan para merecer dicha confianza. José del Tomate lo secundó en los tientos, que hizo con Juanito Mojama como referente, y en la taranta corta, directa. David de Arahal inventó miniaturas musicales para la parte más grave del recital, soleares y seguiriyas. Y el trío al completo le acompañó en la parte festera del final, alegrías con mirabrás y bulerías, en donde Mercé se hizo su habitual pataíta. Y, como digo, cada uno de ellos le acompañó brillantemente en los fandangos finales.
‘Toquen a rebato’. XXIV Bienal de Flamenco. José Mercé. Cante: José Mercé. Guitarra: David de Arahal, José del Tomate, Manuel Cerpa. Palmas y coros: Víctor Carrasco, Chicharito de Jerez, Jorge Bautista, Merce García. Cajón y percusión: David del Gasolina. Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha: Domingo, 20 de septiembre. Aforo: Lleno.
Imagen: Bienal de Flamenco/Laura León.