
A veces pienso que hay quien vive eternamente en 1967. En el verano del amor. Pero luego me acuerdo de 1970, Altamont. Ritos órficos. Es la noche oscura del alma. Partimos del corazón de las tinieblas, aunque nunca me gustó Conrad. Quizá porque yo estuve allí, y no me gusta que me lo recuerden. Cuando sale la mujer enmascarada, en realidad es una madroñera lo que tiene anudado al rostro, la niña de la primera fila corre a refugiarse en el regazo de su madre. Quisiera hacer lo mismo. Pero tengo 56 años. 56 años es sinónimo de guardar la compostura. Luego cuando empiecen los cañonazos, pero eso será más tarde, la niña se protegerá los oídos con los dedos. Yo hago lo propio, protegido por las sombras. Sí, la sombra puede ser protectora, si es un viaje hacia la luz, como aquí. Les he contado el final. Ustedes saben a dónde van. Yo no. La mujer de la máscara, en realidad es una madroñera, se deshace pronto de la bata de cola blanca. Los pantalones oscuros son más cómodos para bailar. O no. Siempre he pensado que una agresión, aunque sea sonora, como en este caso, es una traición a la confianza que el espectador deposita en el artista. Paga, se reserva dos horas de su precioso tiempo, hace cola, y luego te entrega sus oídos, sus ojos, su corazón. Aunque esté justificada. Porque esta obra no trata de la Sevilla subterránea sino de ti, querido lector, y de mí. De los subterráneos de nuestro corazón. Se me ocurre que fantasía y rapsodia son en cierto modo sinónimos, al menos en lo musical. Es una reiteración, quizá. La farruca es una forma refinada de agresión, en su origen. Es una civilización del instinto de agresión. Es una agresión educada. Pero esta mujer está fuera de control: grita, da saltos, se retuerce, golpea el suelo. Ha roto con las normas de etiqueta de la farruca, está desatada. Pero esto es solo un aperitivo. Lo peor, es decir lo mejor, vendrá luego. En la fábrica de artillería los golpes resuenan como cañonazos. Es, claro está, tu corazón. Y el mío. Para llegar la luz es preciso despojarse de todo. Es preciso bajar al infierno. Y mirarle a los ojos. Los golpes resuenan en la fábrica de artillería como cañonazos. Y, de repente, surge un trémolo, un arpegio, unos armónicos. Todo ha terminado. Todo se ha trasformado. Todo no ha terminado. La mujer ya no tiene máscara, en realidad era una madroñera. Su cara está relajada. Y entonces sí. Entonces, despojada de todo lo accesorio, baila con la bata de cola blanca, se deja llevar por la melodía, se mece en la bambera, en el fandango, su cuerpo, libre, está entregado a los modos mayores. Y se recrea ahí, claro. Todo no ha terminado. La luz no es solo el final del camino. Es un estado de ánimo. ¿Por qué no quedarnos aquí otro ratito? Porque todo no ha terminado. Luego vendrán otras caídas, otros descensos, otros infiernos. Pero esta noche no. Esta noche no. Esta noche viviremos eternamente en 1967. En el verano del amor. A veces pienso …
XXIV Bienal de Flamenco. Ana Morales. Baile, idea original y coreografía: Ana Morales. Guitarra: Manolo Franco. Saxofones, amp. electrónicas: José Venditti. Cante: Cristina Sierra. Voz en off: Jorge Enrique Pazó Silva. Dirección musical: Niño de Elche. Dramaturgia, acompañamiento conceptual y textos: Enrique Fuenteblanca. Diseño de iluminación: Jorge Colomer. Dirección técnica e iluminación: Rafael Gómez. Sonido y espacio sonoro: Pedro León. Espacio escénico y diseño vestuario: Pol Roig Valldosera. Lugar: Real Fábrica de Artillería, Sevilla. Fecha: Domingo, 13 de septiembre. Aforo: Lleno.
Imagen: Archivo de la Bienal de Flamenco/Laura León.