
Ese año no puedo hacer mi resumen de la Bienal en el medio en el que lo he hecho, ininterrumpidamente, desde el año 2002. 13 Bienales me contemplan como crítico: casi un cuarto de siglo (las anteriores, como espectador). Pero, hay que decirlo: el periodismo de 2026 es muy distinto del de 2002.
Una cosa positiva de esta evolución es que ahora no es necesaria una mediación empresarial pera llegar a la gente que de verdad tiene interés en leerte. Como muchos me lo habéis pedido, ahí va mi resumen de la Bienal 2026. Es un punto de vista, cuando menos, fundamentado: a pesar de que tuve que decir basta cuando ya estábamos en la recta final del festival, creo que sigo siendo la persona que más espectáculos ha visto en esta edición de la Bienal.
El mejor recital de cante fue sin duda el de Rancapino Chico, aunque el maestro José Mercé no le fue a la zaga con su fantástico recital de cante clásico con un Teatro de la Maestranza a rebosar. Si por algún concepto se recordará al actual director del festival, será por la valentía de abrir el magno teatro de nuestra ciudad al cante clásico. Hasta hace dos años parecía que dicho espacio escénico estaba exclusivamente reservado a las grandes compañías de baile. Una vez más, el público estuvo con el cante clásico. También recordaré por mucho tiempo el recital de Pedro el Granaíno en la iglesia de San Luis de los Franceses. Un repertorio valiente, un cantaor entregado, una mañana deliciosa. Me gustó mucho, también, la entrega de Israel Fernández.
Lo que más me ha gustado de baile este año ha sido, una vez más, Farruquito. Ciertamente, venía con una propuesta diferente, arriesgada, que no convenció a muchos de los espectadores, incluidos algunos de sus incondicionales. Pero a mí, sí. Creo que el artista tiene derecho a probar nuevas vías de expresión y comunicación para su arte. Y la propuesta es coherente y solvente. Arriesgada, aunque por otro concepto, fue también la propuesta íntima de Ana Morales en la Fábrica de Artillería. Un ejercicio de desnudez física y emocional con la guitarra maestra de Manolo Franco por parte de una bailaora superlativa.
La guitarra de conciderto ha tenido en esta Bienal, acaso, su edición más floja en años. Porque los grandes maestros pincharon a la hora de buscar nuevas vías de expresión para su arte. Curiosamente, en todos los casos en los que esto ocurrió fueron “encargos” de esta u otra organización, no propuestas que salieran de los propios artistas. La guitarra de acompañamiento, sin embargo, ha mostrado su buen estado de forma con actuaciones destacadas como las de David de Arahal o Diego del Morao.
Los programas de mano raramente han coincidido con lo que hemos visto sobre el escenario. Fichas artísticas incompletas o con artistas diferentes de los que finalmente aparecían en escena, repertorios confusos, errados, con el orden invertido o inexistentes e, incluso, faltas de ortografía. El concepto “este concierto no contempla repertorio” es un insulto a la inteligencia del aficionado. Por otra parte, tengo que confesarles que echo de menos la época en la que los teatros eran espacios libres de pantallas. De hecho, vamos al teatro precisamente para escapar de las pantallas. Pero es imposible librarse de ellas, al parecer. Hay que ver los recitales con decenas de pantallas, con niveles de luminosidad variables, pululando a nuestro alrededor. Hay quien se pasa todo el concierto grabando la actuación y lo sube al día siguiente a sus redes sociales. Hay, incluso, quien se lleva su tableta al concierto, y se pasa todo el espectáculo mirando la pantalla y haciendo ruiditos con su teclado portátil. Sin embargo la excusa de los derechos de autor y de imagen ha hecho que este año hayamos tenidos más dificultades de lo habitual a la hora de ejercer nuestro trabajo.
Otra tendencia que va en ascenso en el flamenco actual, y que esta edición ha corroborado, es el discurso identitario. Siempre lo hubo en el flamenco. Primero fue un discurso étnico, sea esto lo que sea, luego regionalista y nacionalista. O al revés. Estos discursos continúan hoy en activo, a pesar de su chovinismo estridente. Pero a ellos se suman los discursos identitarios de género. Unos discursos que no han resultado de lo más fértil al nivel artístico, por otro lado.
Y, en fin, que se han acabado los “días señalaítos”. Y yo que me alegro. Porque así las personas de buen vivir dejaran de “hablar gitano, vestir gitano, fumar gitano” durante dos años y aquí nos quedaremos, solo, aquellos a los que nos apasiona este arte.