
En el espectáculo conviven cuatro maneras de entender lo jondo, cuatro generaciones de flamencos, aunque sean simultáneos. Quizá el más extemporáneo sea Pepe Torres. Lo que diferencia a este intérprete es que no es un atleta sino un bailaor. Tampoco un cómico. Y, desde luego, se acoge con todas las consecuencias a la declaración de intenciones que es el título de esta obra. Le baila al cante. Es sensible, más allá de la coreografía que trae preparada de casa, a lo que ocurre, al momento presente. A las inflexiones de voz de los cantaores, a las improvisaciones de los guitarristas. Escucha y ve, los ve. Esa es la clave. Y esa es la lección que puede aportar el baile flamenco en un entorno atronador en el que todos hablan, gritan, gesticulan, y nadie escucha. Escuchar es a la vez un acto de amor y de profunda humildad. Torres escucha también al público, que respira con él, a través de él. Torres llega a lo social a través del solipsismo, la introspección con la que inicia su recorrido escénico: el paso quedo, la mirada baja, concentrado en la escucha.
Las formas de Adela Campallo también remiten a otro tiempo, a otra estética jonda, más reciente, la del dominio rítmico absoluto, la de la completa entrega física. Bailó el romance mairenista, estilo poco frecuente en la actualidad. Tuve la impresión de que, cuando todo estaba dicho, hecho, quiso alargar el discurso innecesariamente. Rafael Campallo empezó solemne en los tientos y pasó rápidamente al dibujo de los pies, de manera que apenas escuchó una letra del estilo. Pero ya en los tangos se deleitó en el cante gustando y gustándose en los remates, en el juego de caderas, en la entrega dionisíaca. Lucía Álvarez, La Piñona para el arte, bailó un taranto solemne, con el gesto adusto, de gran exigencia física, en el que me pareció algo acelerada en algunos pasajes. La deriva a tangos no cambió el rictus ni en estado de ánimo grave. Una propuesta con cuatro bailaores, cuatro maneras de entender el flamenco, desde el respeto al clasicismo, tal y como se entiende hoy: letras tradicionales, algunas francamente anacrónicas, por cierto, bailes completos, en ocasiones largos en exceso, claramente estructurados y de enorme virtuosismo técnico.