
Israel Galván sigue en esta obra la estela de las “músicas españolas” académicas que inició con El amor brujo y continuó con Carmen, estrenada hace dos años en este mismo festival. Ravel, a diferencia de Bizet, sí estuvo en España antes del estreno del Bolero. Estuvo una tarde tomando café en San Sebastián. Eso no le impidió ser un enamorado de lo español y de la música española, incluyendo el bolero, que era un canto y un baile, que triunfó en París en los años 50 del siglo XIX. No nos referimos al bolero de origen americano, que también sonó en este espectáculo, sino al baile ternario, un tipo de seguidilla, del siglo XVIII y comienzos del XIX español. En realidad, es una de las piezas de música que más ha interesado a los coreógrafos, desde Nijinska en su estreno hasta José Granero en dos ocasiones, pasando por Fokine, Lifar o Béjart. En el programa de mano se afirma que la música de esta obra es de Ravel y de Moncho, aunque hay que decir que Moncho no era autor de las músicas que genialmente interpretaba y recreaba. Los autores de su música eran Armando Manzanero, Myrtha Silva, Felipe Campuzano, Manuel Alejandro, etc. Este es un espectáculo para inteligentes. Para intelectuales. Es un espectáculo pensado y repensado, manoseado por la inteligencia. Hay muchos niveles de intelectualización en la obra. En buena parte de su desarrollo echa mano de la pantomima humorística. Echa mano de la ironía, de la parodia. Son dos conceptos que no me interesan en absoluto en el baile flamenco. Eso sí, el bailaor hace un largo despliegue técnico. Sobre todo en los veinte minutos iniciales y en los veinte minutos finales. El comienzo es un baile sobre una tarima o ataúd para los boleros de Moncho interpretados con un guitarrillo, tocado por el propio cantaor, por Juan José Amador. Y con la percusión de Carrasco haciendo el ostinato rítmico característica de la obra de Ravel que da título este espectáculo. Baile y humor intelectual. Se suceden luego una par de obras de inspiración española para piano de Maurice Ravel interpretadas por los dos pianistas de la función y con el resto de intérpretes como espectadores. Nathalie Seseña trata de profundizar en su monólogo, acaso, en los elementos eróticos de este ritmo, de esta obra, ¿inspirándose acaso en la película de Bo Derek? A mí su actuación me pareció más tétrica que erótica. Y, finalmente, Galván hace su versión del Bolero de Ravel en un arreglo para dos pianos. El bailaor inicia la pieza en el fondo del escenario para acabarla en el proscenio, en un crescendo danzístico y escénico que imita la partitura. Con las botas de Vicente Escudero, contemporáneo de Ravel. No me gusta el humor intelectual, creo que son dos conceptos incompatibles. Como dijo Paul Valery, “todo cambia en este mundo menos la vanguardia”. Después de esta noche, hay una nueva versión flamenca del Bolero. Pero me sigo quedando con la del maestro Granero. Con las del maestro Granero. No me interesa la obra de Galván desde que el intérprete perdió la inocencia bailaora. Eso sí, al público le encantó.