
Un dos por uno nos ha ofrecido esta noche la Bienal. Casi tres horas permanecimos en el teatro Lope de Vega apreciando estos dos espectáculos de flamenco que hoy se califica como tradicional. Aunque se trata de dos artistas muy personales en su manera de concebir su arte. El cante de Aurora Vargas es torrencial. Ímpetu, fuerza, vitalismo, desenfreno, hedonismo. Es una intérprete entregada al momento presente que lo fía todo a la inspiración. Tiene unas tablas impresionantes, toda la vida encima de un escenario. Mucho oficio. Es una intérprete volcánica, arrebatada. Única. Lo que nos gusta de esta intérprete, lo que la convirtió en una estrella de este arte, es su carácter festero. Ese concepto dionisiaco del flamenco, esa entrega absoluta al momento presente. En el que hace acto de presencia la danza, irremisiblemente, como una continuación de su cante.
Tangos y bulerías, que no se acaban nunca, son su seña de identidad. También el delicioso y colorido timbre vocal que posee. Y un carisma extraordinario, que la convirtió en lo que sigue siendo, una estrella flamenca. Se trata de un arte muy físico y directo. Aurora Vargas tiene un don, una voz muy personal, plena color y de armónicos deliciosos.
Ha patentado una forma personal de hacer el flamenco, adecuándolo a sus condiciones. Es una intérprete única, necesaria. Posee una forma muy personal de entender el cante y la puesta en escena. Con dos guitarristas que comparten sus presupuestos estéticos de ímpetu, fuerza, sentido torrencial del ritmo, como son Pedro Sierra y El Perla. No todos los guitarristas podrían estar, como ellos, a la altura que se requiere acompañar a esta cantaora. Seis fueron los estilos que presentó en su comparecencia en la Bienal. Abrió a ritmo de martinetes para seguir con unas letras de seguiriyas cortas, quintaesenciadas. Luego vinieron las soleares y las cantiñas, con un perfil clásico, dentro de lo que cabe dada su gran personalidad cantaora. Al intermedio instrumental por tientos siguió una larga tanda por tangos en la que se puso de pie y su baile frenético, señorial, se adueñó de la escena. Terminó su recital de nuevo por fiesta. Una larga bulería con el mismo argumento que los tangos, desde las formas más clásicas a las canciones por bulerías adornadas de su baile característico.
El baile de Juana Amaya es nervioso, tenso, frenético y atlético. Esta bailaora de Morón es una de las máximas representantes actuales de ese flamenco percusivo, hiperrítmico, que lo da todo por los pies, que fue hegemónico hace un par de décadas. Un baile en el que los brazos y las manos apenas sirven sino para sostener la falda, para que se vean los dibujos de los pies. Zapateados, golpes, redobles, escobillas, remates…, un espectáculo de enorme compás y de elaborado y preciso montaje, con dibujos rítmicos complejos. Amaya es una bailaora no sólo contundente, sino también dramática. Con todo, lo que más me gustó fue cuando se paró, marcó y le bailó a las falsetas de Paquito del Gastor. Es decir, de Diego del Gastor.
‘Hazme con los ojos señas’. XXIV Bienal de Flamenco. Aurora Vargas y Juana Amaya. Cante: Aurora Vargas. Baile: Juana Amaya. Guitarras: Pedro Sierra, Raul Fernández ‘El Perla’, Paquito del Gastor, David Caro. Piano: Dorantes (no acreditado). Cante para el baile: Enrique El Extremeño, El Galli, El Kini. Percusión: Paco Vega. Palmas: Javi Peña, Diego Montoya, José Peña, Manuel Valencia. Lugar: Teatro Lope de Vega. Fecha: Viernes, 25 de septiembre. Aforo: Lleno.
Imagen: Bienal de Flamenco/Laura León.