MANUEL VALLEJO | ANIVERSARIO

 

60 años con Vallejo

En unos días se cumplirán 60 años de la muerte en Sevilla de uno de los grandes cantaores de la historia

Su huella en el estilo de cambio por seguiriyas de Manuel Molina es indeleble, pese a que en ocasiones los tratadistas flamencos le han restado méritos en este sentido. Cabe hablar, sin duda, de una «seguiriya de Manuel Vallejo» por el sesgo personal que el cantaor impuso a este cante, y que ha sido el que ha permanecido en la memoria de la afición flamenca, que se ha olvidado de las versiones anteriores del mismo. De hecho, esta es una de las seguiriyas que en más ocasiones se ha grabado. Son muchos los méritos que se le regatean a Vallejo, quizá por la prodigiosa popularidad de la que gozó en buena parte de su vida. Así, en su Historia del cante flamenco Ángel Álvarez Caballero opina que «el hecho de que se le concediera la segunda Llave de Oro del flamenco nos habla bien claro del punto enormemente rebajado en que el arte se hallaba en los años siguientes al Concurso de Cante Jondo de Granada». Unos años en los que triunfaban en las plazas de toros de España Antonio Chacón, Manuel Escacena, Niño Medina, José Cepero, El Cojo de Málaga, Manuel Torre, la Niña de los Peines, Niño de Marchena, Pepe Pinto, El Carbonerillo, Niño Gloria, Canalejas, Tomás Pavón … ¡cómo echamos de menos ese punto! El crítico de Valladolid reconoce, no obstante, su buen hacer por saetas, bulerías, fandangos y granaínas. De hecho, Vallejo patentó varias melodías propias por fandangos y granaínas. En este último cante sigue la melodía compuesta por Chacón pero dándole un sesgo aún más espectacular, debido a sus condiciones vocales portentosas, su fraseo único. Respecto a la bulería, baste decir que la creadora de este exigente, al nivel rítmico, género, la Niña de los Peines, decía que Vallejo era el cantaor con mejor compás que existía en su tiempo. Su grabación Ay, ay, ay gitano (1929), con la guitarra de Ramón Montoya, es el primer registro de la historia de una canción por bulerías, un concepto de enorme proyección desde ese momento, como saben muy bien en Utrera. Vallejo y el tenor Miguel Fleta compartían discográfica, Odeón, y en 1929 el tenor estaba llevando a cabo el registro de una canción titulada Ay, ay, ay. Los dos artistas coincidieron varios días en el estudio de Odeón en Madrid y de tanto escucharlo, Vallejo se animo a cantarlo «en gitano», es decir, por bulerías. Como he señalado, también dejó una huella indeleble en el fandango, por más que en la posguerra, por exigencias ambientales, tuviera que renegar del género. No obstante, no consiguió recuperar, como anhelaba, la popularidad que tuvo antes de la guerra civil. Blas Vega nos habla de hasta tres melodías diferentes por fandangos creadas por Vallejo. Fue precisamente este género el que escogió para apoyar en 1931 a la recién creada II República española, apoyo que en seguida tendría continuación en las voces de Guerrita, El Chato de las Ventas, El Corruco de Algeciras o El Niño de la Huerta, entre otros. Quizá sea esta, como digo, y su vínculo en los años siguientes con el sindicado anarquista CNT, lo que le valió el ostracismo al que fue sometido en la posguerra y tras su muerte, hace ahora 60 años. Pero desde una perspectiva puramente musical, Vallejo es uno de los titanes del cante jondo, el cantaor más popular en la que podemos considerar, sino la edad de oro, al menos la edad de plata del cante flamenco, la de los años 20 y 30 del siglo pasado en la que, además de intérpretes geniales como los citados, tuvo lugar la última gran eclosión de creatividad jonda, singularmente en el fandango, al tiempo que el cante flamenco era verdaderamente la música de España, con la que más se identificaba el pueblo español, lo que llevó al Niño de Utrera, Angelillo y Pepe Marchena a convertirse en estrellas de celuloide. Ninguna de las dos cosas es siquiera imaginable en nuestros tiempos. Y eso, pese a que la época señalada ha sido considerada por algunos presuntos defensores del cante flamenco como la de mayor corrupción y decadencia de los valores jondos. Es uno de los juicios más desafortunados de la historia del flamenco, por mucho que se haya repetido, y se sigua repitiendo. Manuel Jiménez y Martínez de Pinillo, Vallejo para el arte, nació en la calle Padilla, una barreduela de San Luis, en la capital sevillana, el 15 de octubre de 1891 y murió en el Hospital de las Cinco Llagas de la misma ciudad el 7 de agosto de 1960.

 

Imagen:Vallejo con su letrista, Mezquita, y la II Llave de Oro del Cante.